lunes, 14 de agosto de 2017

Sé tú



Cuando era adolescente estaban de moda unos posters con la cara de Charlot y una frase muy motivadora: “Sé tú e intenta ser feliz, pero, ante todo, sé tú”. Supongo que por aquellos entonces debía estar en la época de formar la personalidad. Ahora creo que es todo un estereotipo establecer la adolescencia como un momento de duda existencial y de fundación de una personalidad que debe durar toda la vida. Como mucho empezamos a ser conscientes de nuestra individualidad, precisamente imitando a los iguales, a los ídolos, yendo a la moda… como todos.
Después he pensado que la frase es una tremenda estupidez. ¿Qué otra cosa puede ser uno que uno mismo? Uno puede fingir ser otra persona, puede empeñarse en cambiar y ser más abierto, menos escandaloso, más romántico… pero siempre lo hará desde su propia personalidad.
Sí, desde luego, esperamos la autenticidad en nuestros cercanos, más que nada para poder fiarnos de nuestras impresiones y no tener que desconfiar de cada palabra o cada gesto. Es más cómodo. Por lo menos esperamos que los demás no sean falsos en nuestras interacciones, y podemos permitirles, si acaso, que sean unos falsarios si no nos afecta. Somos algo temerarios porque si alguien es falso en unas situaciones, es bastante probable que lo sea con nosotros. De todas formas, su mandato de “ser tú mismo” se mantendría en la falsedad y la bellaquería.
Cuando nos miramos ante el espejo de la conciencia urge encontrar una definición básica en la que encajamos por mucho que los avatares del día a día nos cambien el estado de ánimo. Ver cómo somos, una estabilidad frente al destino. Y si es posible, que el espejo nos devuelva una imagen íntegra, de la que sentirnos orgullosos.
Podemos suponer que la identidad es única, personal e intransferible. Mucho me temo que no es así. El problema no es que tengamos imitadores, o que nosotros mismos nos comportemos como el sosia de algún pardillo. Las nuevas tecnologías ofrecen a los hackers la posibilidad, no tan remota, de robarnos la identidad. Tan sencillo como copiar unas cuantas fotos y crear un perfil duplicado en cualquier red social.
Lo curioso es cómo nos forjamos la identidad. Hay quienes delinean una personalidad como quien diseña un avión ultrasecreto. Van pregonando por ahí sus pensamientos, sus ocurrencias, procurando parecer altivo, orgulloso, bastante malvado con los amigos, brutalmente honesto y un poco mosca cojonera. Lo hacen de tal forma que incitan a pensar lo contrario, que son buenos chicos bajo una fachada de malas personas. Así lo dejan caer. Pero para que le demos la vuelta y desechemos esta segunda lectura y al final volvamos a la primera precisión: seres resentidos, malvados y preocupados por su ego, más inteligentes que nadie, puntualizando a todos, mirando por encima del hombro a cualquier interlocutor. Otros son tan radicales, tan reacios a llevar la corriente que acaban siguiendo la corriente porque son outsiders de los propios outsiders.
La mayoría, sin embargo, nos conformamos con ir sacando un retrato a pequeños trazos. Nos definimos por nuestras pequeñas manías, con las pequeñas rutinas, con los gustos en detalles, por anécdotas ínfimas que conforman un retrato amable a la conciencia. Lo suficiente para poder contestar cuando se nos pregunta cómo somos. Pues, alguien sencillo, que disfruta tomando café en el desayuno viendo la televisión; o una persona muy trabajadora, que es capaz de llevarse todo el día en el curro y llegar a casa para terminar de preparar la jornada siguiente, sacar el perro, almacenar tuppers en la nevera para toda la semana…. Y con estos pequeños trazos, impresionistas, pero nada impresionantes, nos conformamos. En sentido literal, nos damos forma.
Pequeños detalles son también los que ofrecen a los demás la oportunidad para definirte. Con dos anécdotas la etiqueta está servida: irascible, simpático, complicado, empollón… Y ya sabemos cuán susceptibles somos a la mirada del otro. Padres, amigos, educadores blanden etiquetas como marcas de ganaderías. Verdaderas máquinas de clasificación dignas del Foucault más paranoico. No todos sufren la influencia de la misma manera, ni tan clara, ni tan constante. No todos somos permeables en la misma medida a las etiquetas que nos otorgan los otros. Pero ahí están para teñir nuestra visión de la identidad.
Las épocas de cambio, las crisis de personalidad, curiosamente, aparecen cuando esas pequeñas manías, esas conductas intrascendentes se truncan. Porque llega la jubilación y ya no puede uno ser el que siempre llega cinco minutos antes al trabajo. Porque cambia de ciudad y no puede pasear por la alameda los domingos, porque conoce a alguien o la pierde y se alteran los abrazos…
Poco sentido le veo a buscarnos a nosotros mismos, un trabajo infructuoso a no ser que lo que nos defina sea precisamente ser una persona buscadora. Entonces no hay remedio. Estarás en continua indefinición como definición propia.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Reseña de Daniel Cotta: “Alma inmortalmente enferma”. Detorres Editores. Colección de poesía Año XVII.

Después del excelente Beethoven explicado para sordos (Diputación de Córdoba, 2015) y poco antes del imponente Como si nada (Libros de Canto y Cuento, 2017) aparece este volumen, dentro de la colección de poesía Año XVII, que contará con 17 libros de 17 poetas para este año 17. Este malagueño afincado en Córdoba, profesor y poeta, nos guarda un aguijón diario en su blog Almanaque de Alacranes. Ahí, como en su única novela publicada, Videojugarse la vida (Funambulista, 2012), da rienda suelta a su enorme talento juguetón e irónico, su más mordiente sentido del humor a la par que prestidigitador del idioma.

                Podríamos considerar a Daniel Cotta como un poeta neoclásico en el sentido de su exquisita afición al verso de factura clásica, con especial predilección por el soneto, y en absoluto en el sentido de tediosa poesía sin sentimiento desbordada por los excesos de la pasión romántica. Daniel Cotta sí que es un romántico, y un poeta muy profundo filosófica y religiosamente hablando.

En esa pared blanca y encalada
veo un puntito negro, sólo un punto,
y pienso y pienso tanto en ese punto
que sólo veo punto en la fachada.

Veja y maltrata, pero ¡cuánto agrada
dejarse fornicar por ese punto,
que viole a mis cerebros hasta el punto
de serlo todo él; lo demás, nada!

Un punto, un punto negro desintegra
y vampiriza mi alegría. Un punto
que vuelve una pared de blanca en negra.

Un punto que es un universo.
Un punto se está comiendo mi existencia.
Un punto va a devorar a Dios, un punto, un punto. (X)

                Sus planteamientos poéticos son de una extremada perfección técnica para dar cobijo a una reflexión certera sobre la vida, el amor o el paso del tiempo. Le señala también, como decimos, el sentido del humor que cuela en los términos, en los juegos de palabras, en el aliento a veces travieso y a veces irónico y cáustico: “El combate está bien claro, / los dos rivales también: / Nacer se enfrenta a Morir, / y además a Fallecer, / y a Diñarla y a Finar, / a Expirar, a Perecer, /…) a Entregar el Alma a Dios, / a Palmarla, a Fenecer, / a Estirar La Pata, y…/ (VII). En el soneto IV: “Dormir es alquilarse un cementerio, / parar en un hotel de tres guadañas /.../ goza de esta pensión de mala muerte). “No olvides que vivir es aprenderte, / y que todos los años hay un día / que pasas por la fecha de tu muerte” (Lugares comunes, VI). Sigue el humor negro en VIII. EL título, precisamente, recuerda aquel dicho humorístico de que el paciente goza de una malísima salud de hierro, dándole una connotación religiosa y espiritual que abunda en la paradoja.

                Actualiza la terminología no tradicionalmente poética: descerebrados, torniquete, neurona, garaje, ADN… y eso realza aún más el grácil corsé del metro clásico. Igual utiliza metáforas taurinas (VIII, A mi cita diaria con la muerte), que el clásico Panta Rei: “Ya sabemos fluir. Somos el río” (Baños de Popea).

                Destacar algún poema es difícil en esta corta selección, los primeros sonetos que nadan entre Bécquer, de Poe (“Rendíos, que la tierra os asegura / que sobre vuestra carne abandonada / un ángel velará: vuestra locura, II) y Cernuda. El soneto III incluye ecos, quizá irónicos, de la mística, de San Juan de la Cruz.

El paso del tiempo, como diría Gil de Biedma, es el único argumento de la obra. Pero en las palabras de Daniel Cotta hay mucho más. Para paladear lentamente y volver a repetir. Para los momentos de alegría y para los de concentración y de iluminación.

lunes, 7 de agosto de 2017

¿El ocaso de los Estados nación?



En las películas de acción, para salvar al protagonista puede estallar un edificio o un camión puede provocar decenas de muertos en un accidente multitudinario en una autopista. No sentimos ningún remordimiento, la identificación con el protagonista, o con su hijo al que pretende salvar, son mucho más importantes que la masa de transeúntes anónimos. Salvando las distancias, los Estados se comportan así con los individuos. Hay algunos a los que sí presta atención mientras se sacrifican el resto. En el fondo clasifican a las personas con unos argumentos parecidos, los hay que importan y los hay sacrificables.
Son comportamientos que tenemos muy asumidos. Vemos más o menos natural que los prohombres, que cargos de gran entidad, e incluso de mediana importancia consigan que la casa invite, que las prótesis se regalen precisamente a los pocos que pueden pagarlas. Una división hasta cierto punto estamental de la población. Los privilegiados y los no privilegiados. Los sin nombre. Porque, “usted no sabe con quién está hablando”.
Se habla mucho de que los Estados nación están en decadencia, se repite que son demasiado grandes para solucionar los problemas pequeños y demasiado pequeños para solucionar los grandes. Son los argumentos para justificar la aparición de un Estado mínimo, dejando a la iniciativa privada cualquier cosa que pueda ser susceptible de convertirse en un negocio.
Se repite como un mantra peo, en cambio, vemos cómo los Estados sí que obedecen a las grandes corporaciones, son capaces de presionar a otros Estados para que cambien legislaciones o invadir siempre que se necesite ampliar negocios. Sí que tienen una utilidad real.
En no pocas ocasiones comprobamos cómo se organizan coaliciones y guerras, rondas de la Organización Mundial del Comercio para salvaguardar los intereses de ciertas grandes corporaciones. Estas son trasnacionales y consiguen fondos de inversores multitud de países, sin embargo, son los Estados los que intervienen diplomáticamente para ayudar a estos gigantes. Y si la diplomacia no funciona, todavía está disponible continuarla por otros medios.
Dentro de las propias fronteras también obedecen a los que tienen apellidos. Las grandes empresas que proporcionan puestos de trabajo son las que se benefician de las rebajas fiscales. Las legales y las que bordean la legalidad. Son las administraciones regidas en demasiadas ocasiones por quienes no sufren las consecuencias de sus decisiones. Alcaldes que prohíben tender en las terrazas a la calle porque no son conscientes de que para muchos es la única solución, que no pueden permitirse una secadora. Regidores más preocupados de que sus municipios parezcan inmaculados decorados turísticos que por los ciudadanos que sufren las consecuencias de los visitantes a escala masiva.
Sin embargo, cuando los menos favorecidos quieren que los Estados los defiendan, aparecen todas las sombras del totalitarismo, la xenofobia, el populismo. Mal que nos pese, los aparatos estatales son el último bastión entre las grandes empresas y su arbitrariedad y la justicia. Y eso que hay que consentir una clara identificación social entre los grandes gestores públicos y los privados. Aun así, es lo único que queda.
Si los ciudadanos se manifiestan pidiendo que el gobierno actúe y recorte los excesos de las empresas, salta inmediatamente la alarma. Eso es el comunismo, el peor totalitarismo del siglo XX. Se enarbola la bandera de la libertad para justificar el estatus quo. Hay libertades y libertades. Es una barbaridad obligar a los empresarios, por ejemplo, a respetar unos horarios o un convenio colectivo mientras que es asumible que a los trabajadores de esas empresas afectadas vean reducidas sus condiciones laborales, su salario o tengan que aceptar un despido selectivo.
¿Qué sería de estos grandes hombres si los poderes del Estado no estuvieran ahí para salvarles el pellejo? Pues a pesar de todo, continúan criticándolo y quejándose, desagradecidos cuando tienen que pagar los impuestos, someterse a una inspección o tomar medidas para no empeorar demasiado el medio ambiente. Ya lo decía Dickens, las fábricas parecen de cristal, cualquiera de estos avatares puede quebrarlas.
Son los principales críticos del Estado, algunos se hacen llamar anarcocapitalistas, muerte al Estado, viva el capital. Alimentan el resentimiento contra la administración, manipulan los discursos para que las masas les apoyen en su cruzada contra los impuestos. El ejemplo más llamativo es la campaña contra el impuesto de sucesiones, llena de manipulación y de desvergüenza.
Sin embargo, tendrían que aceptar que las leyes están pensadas para no perjudicarlas, que se ceban con los que no pueden pagarse un buen equipo de abogados y asesores. Los castigos que les afectan tiene mejor pronóstico que la saña con la que se puede condenar un robo en un supermercado.
Fijémonos en el caso de Cataluña, todos estos políticos que auguran el final de los Estados nación, que abogan por un estado mínimo, recurren al espíritu de la nación para oponerse a la autodeterminación de una región. Se les llena la boca de España como solo lo hacen cuando la selección de fútbol gana un mundial. Celebran los triunfos deportivos y la bandera cuando son capaces de justificar tratados comerciales que dejan la soberanía nacional obsoleta. De la soberanía nacional sólo se acuerdan para justificar la inconstitucionalidad del referéndum del primero de octubre.
Como en las películas de acción, los protagonistas tienen justificado cualquier atropello.