lunes, 16 de octubre de 2017

Viva la diferencia en dos capítulos (y II)



Lo que es llamativo es que, tras lo que parece un consenso y una hegemonía ideológica no ha llegado la paz al mundo de las ideas, sino todo lo contrario. Una lucha encarnizada, un sectarismo feroz que defienden sus pequeños universos ideológicos de cualquier contaminación. Freud hablaba del narcisismo de las pequeñas diferencias, más aún, incluso con las notables diferencias se comportan como compartimientos estanco imposibles de conectar. Aceite y agua.

Hemos llegado a un punto en el que es muy difícil convivir políticamente. Incluso la palabra diálogo se ha teñido, primero de negociación, y definitivamente de rendición. No ha sido casualidad. Los no detractores del terrorismo tomaron la bandera del diálogo y la negociación, lo que para los demócratas no era otra cosa que la rendición a los chantajes de los violentos.

Cuando, tras unas elecciones, se forma un gobierno de coalición no faltan voces que lo acusan de traición a la voluntad de la mayoría, de ser un gobierno de perdedores. En el imaginario político, cada acuerdo se concibe como una concesión a la herejía. Y eso es especialmente peligroso en un país como el nuestro, donde, como decían con sorna Vainica Doble, hay “dos españoles, tres opiniones”. Se han barrenado sistemáticamente las negociaciones colectivas y demonizado a unos sindicatos excesivamente conformistas con la administración. Las reivindicaciones y las huelgas se catalogan ya como chantaje a las instituciones.

Subyace, pues, la idea de que las ideas del contrario son perversas. No sólo equivocadas, sino dotadas de mala fe. Somos incapaces de aceptar que otros adversarios políticos crean de buena voluntad en sus ideas. Si somos conservadores, los podemitas son enemigos irracionales de todo lo español, aguafiestas vocacionales, tarados mentales o peor, enemigos a sueldo del chavismo infame que disfruta sádicamente arruinando países. Si somos sanchistas, los partidarios de Susana Díaz son agentes dobles del PP. Y los sanchistas unos vendidos a Podemos. Ciudadanos es sólo la marca blanca de Rajoy y sólo pretende ganar protagonismo y apuntarse al carro de la gobernabilidad apoyándose en sus ideas de cuñao. Los ppeperos son beatos al servicio del capital, riquitos que se divierten viendo la pobreza de los excluidos e insolidarios egoístas con los refugiados. Pensamos, en general, que las intenciones de los otros son, cuando menos irracionales. O, como mucho, están engañados, seducidos por los cantos de sirena de sus líderes, la publicidad y la manipulación mediática, como el recurso a la falsa conciencia del marxismo clásico.

Tenemos que ser capaces de ver que hay votantes del PP que encuentran en el partido algo más que el miedo a lo peor de la izquierda, que encontrar cierta coherencia en ser obrero de derechas y no sólo por ser un estúpido borrego. Hay que ser consciente de que el poder de la religión y la tradición no nos vuelve idiotas y hay algo real en los beneficios para quienes las defienden. Aunque discrepemos y veamos con claridad la manipulación de una gran parte de la jerarquía que escora a una posición que recuerda mucho a la unión del trono y el altar del franquismo. Aunque no estemos de acuerdo, hay que esforzarse en entender que las medidas económicas que proponen unos y otros pueden estar equivocadas, pero hay un razonable margen de duda. Aquellos que defienden una bandera y se sienten orgullosos tienen la misma racionalidad que los que se envuelven en la contraria. Y la misma irracionalidad. En todos lados cuecen fanáticos.

Está claro que muchas actuaciones tienen un trasfondo electoralista, pero hay que mirar qué de bueno, o, al menos, qué intención sensata puede haber detrás. La crítica es fundamental, pero no podemos considerar al contrario como un trilero descerebrado a sueldo de quién sabe qué. Desconfiar es imprescindible, pero es improbable que todos los demás sean enfermos mentales o sicarios. Partimos de la base de que todos los seres humanos, parafraseando al maestro Juan de Mairena, estamos dotados de Razón y tenemos nuestras razones. Hay que escucharlas todas.

Aunque sepamos que efectivamente, hay votantes borregos a cualquier partido, y medidas económicas que están dictadas por intereses no tan oscuros, y políticas sociales abocadas al desastre. Mientras que seamos incapaces de ver la buena fe nos equivocaremos en los argumentos y en los instrumentos de rechazo. Aunque sólo sea como estrategia para ganar las elecciones y llevar a cabo nuestras protestas.

domingo, 15 de octubre de 2017

Viva la diferencia en dos capítulos (I)



Vivimos tiempos convulsos, especialmente en España. Parece contradictorio que estos primeros años del siglo XXI demuestren tan poco lo que se llamó el fin de la historia. Se decía, un poco a la ligera y con claro gozo, que después de la caída del muro de Berlín y el final de la distopía comunista, existía un consenso claro en cuanto a los horizontes políticos -democracia liberal- y económicos -globalización y liberalismo-. Frente a esas voces se alzó lo que Manuel Castells acertó a denominar el poder de la identidad. Ya no parecían consistentes las voces de la izquierda tradicional y la famosa tercera vía de Blair no era más que una máscara de las políticas neoliberales. No cabía más disenso político que el relativo a lo que no costara dinero a las arcas públicas. Las grandes decisiones estaban ya tomadas, si no por los grandes poderes económicos, lo estaban por esa fe descreída en que el mundo no iba a mejorar sustancialmente.

Otra fuente de controversia la marcó el funesto choque de civilizaciones, eficaz leitmotiv de la derecha conservadora para justificar un estado constante de alerta frente al diferente, el incapaz de asumir los presupuestos de la verdadera democracia. Los intolerantes musulmanes, los indolentes subsaharianos, los presuntos delincuentes latinoamericanos, el taimado oriental habían más que demostrado su incapacidad genética para la democracia y el libre mercado. Dos visiones de la vida y el destino imposibles de conjugar. Si no les plantábamos cara acabarían con nuestra civilización y los derechos tan duramente conseguidos. Bajo este presupuesto dejaron de estar de moda los estudios culturales, se criticó ferozmente el pensamiento posmoderno en aras de dejar claro que hay verdades que no dependen del observador, que hay cosas que son así porque lo son. Se empezaron a hacer públicas las críticas a la tolerancia, a poner de manifiesto los innegables riesgos del respeto entre culturas, a comprobar los efectos nefastos de permitir que cada cual siguiera con sus tradiciones o reivindicara sus banderas. De poco sirvieron las advertencias de antropólogos y los filósofos frente al absolutismo tiránico de la Razón y el progreso. En lugar de hacernos más cautos con las proclamaciones tajantes de la Verdad, hemos acabado por dinamitar esa sana precaución que debimos aprender de los maestros de la sospecha.

Desde las posiciones progresistas se critica la tolerancia hacia la ablación, se advierten los peligros del nacionalismo o se asume que el relativismo cultural es el mayor de los totalitarismos. El inefable Žižek, en el más puro estilo derridiano, demuestra que la tolerancia es la mayor de las intolerancias. El respeto a otras culturas, a otras sensibilidades ha terminado siendo la censura y la dictadura de lo políticamente correcto. Así, cualquier comentario zafio, ofensivo, prejuicioso y perpetuador de los estereotipos de género o de etnia aparece como la máxima defensa de la libertad de expresión.

Si la defensa del medio ambiente gozaba de buena aceptación por parte del sentimiento popular (todos hemos llorado con la muerte de la madre de Bambi), de repente, a medida que van consiguiendo mayor número de votos, aparecen como desquiciados enemigos del progreso, absurdos monomaníacos de los cultivos sin pesticidas y obcecados retrógrados. Y eso da para justificar la etiqueta de energía limpia a la nuclear.

El famoso amor libre de los sesenta, que al final no era sino una monogamia sucesiva, ha devenido en una lucha feroz en el mercado del capital sexual. Si pudo ser una manera de oponerse a la tiranía de lo económico, la independización de la esfera sexual no ha conseguido contagiar de afectividad las relaciones humanas que tradicionalmente se basaban en un cálculo de interés (como en las novelas de Jane Austen). Al contrario, ha sido la esfera sexual la que se comporta con los mismos parámetros que una inversión financiera. Costes y beneficios, asunción de mínimos riesgos, deslocalización y precariedad.

Los tiempos han cambiado, eso es innegable, y no porque todo lo que fue sólido se haya desvanecido en el aire. Más bien parece que ese aire está enrarecido y contaminado. Hemos construido burbujas de aire artificial, surtido siempre de los mismos vientos. La globalización ha conseguido que nos enroquemos en nuestro castillo y nuestro terruño, la proliferación de medios de comunicación y redes sociales, paradójicamente, nos ha encerrado aún más en nuestra torre de marfil ideológica. Tertulias en la que nadie dialoga, todos se insultan y desprecian. Elementos liberadores han demarcado fronteras infranqueables de dualidades trágicas: ni eres de nosotros, eres un enemigo. Las constantes acusaciones de fascismo entre las facciones en el caso catalán son un triste ejemplo, las atrocidades de la guerra de Siria, un holocausto.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Reseña de Álvaro Hernando: “Mantras para bailar”. Pandora Lobo Estepario. 2016



Atípico poemario este de Álvaro Hernando, pocos se atreven a iniciar su andadura en el papel impreso con una colección de primeros poemas y menos aún si estos tienen un eje temático tan definido como la danza. El autor, nacido en Madrid, marchó a Estados Unidos en 2013 y allí continúa establecido en una ciudad del Medio oeste dedicándose a la enseñanza, y donde terminó el poemario que nos ocupa.

            Según confiesa el autor, son poemas de juventud en su mayoría y pertenecen a una concepción del arte como experiencia, como algo que se puede tocar –a diferencia de la línea que comienza con los románticos alemanes de considerar el arte como un medio de conocimiento. Por eso tiene sentido que sea el baile el arte escogido. Explicaba el teórico británico Simon Reynolds que una de las causas de que la crítica musical más convencional despreciara la dance music, en especial a partir de la aparición del house, era la imposibilidad de experimentarla por el tacto si lo haces desde tu sillón, escuchando un cd. En una discoteca, los bajos y subbasses, atraviesan físicamente la piel a través de las vibraciones. Esa sensación puede llegar a ser catártica en su contexto, con el volumen atronador y la orgiástica mezcla de luces y sombras.

            Además, Álvaro Hernando atraviesa la definición de música como una mística, como una conexión más allá de lo intelectual y lo racional, con el propio cuerpo (“Bailar / abrazándose uno mismo”, VIII (versión)), con el otro, con la pareja, con el universo. Es su manera de experimentar la vida, en la que las palabras, más que decir, son el acompañamiento al trance, los mantras. Es el antídoto para los problemas: “Contra el dolor / baila” (IX). El sexo también es danza (La danza del cabello). Siempre se ha dicho que el baile es la expresión vertical de un deseo horizontal.

            Enlaza de manera muy clara con la filosofía de Nietzsche, que ama la vida con sus gozos y con su dolor: “Que todo arda / aunque duela” (Se arda todo). Hace gala de ese nihilismo positivo del filósofo: “Cuando todo es vacío, todo sacia” (Abrazo). Pretende el poeta convertirse en un bardo, un druida, un chamán, capaz de curar a través del sonido del poema, de la música y con la danza.

            Utiliza Álvaro Hernando muy diversas técnicas literarias, desde el aforismo a las largas salmodias marcadas por la anáfora. Los textos en prosa se mezclan con poemas, unos largos, otros diminutos, de pocos compases. A veces realiza, podríamos decir, un remix: VIII (versión), VIII (per-versión), VIII (injerto); y a veces es más experimental (H.elena con H.) o, como en Legado o Decir, va enumerando una lista. La modernidad aparece en el uso de terminología muy difícilmente poética, como google, Facebook o Twitter o utilizando el recurso gráfico del tachado para dar la contravoz (Acertijo),

            Las conexiones literarias explícitas son con Lorca, Machado (claramente en Baila el reloj de la escuela) y José Hierro. En VI recuerda aquel poema A contrapié, que aparecía en su Cuaderno de Nueva York. Estos que danzan con Hernando, serán, en el futuro, los que tropiecen con Hierro:

            “Sueño a veces que bailo solo
            entre otros que también bailan
            y que desconozco los pasos.
            Sincronía de respiraciones
            en donde los segundos son silencios
            entre pasos y personas” (VI)

            “Qué otra cosa es la muerte, sino el final del baile” (Vademécum del alma), termina sentenciando Álvaro Hernando. En sus datos biográficos resume sus intenciones, su “particular visión de los ritmos de la vida, así como de las danzas del lenguaje en relación a las melodías universales del amor, la muerte o la esperanza”, porque la danza es “una de sus mayores pasiones: la poesía tomando forma de movimiento, cuerpo entregado ciegamente a los giros d ella la melodía cotidiana que nos envuelve y salva de la rutina”. Este delirio que se reivindica en un irónico Pacto es la fuerza orgiástica, lo dionisiaco que nos hace vivir el gozo de vivir, de estar juntos, de dejarse llevar, más allá del lenguaje como razón, más allá de la inteligencia, lo místico es lo más terreno, las palpitaciones, la locura:

            “Seamos cuerdos, dancemos
            mirándonos a los ojos
            con los párpados serenos
            caídos del árbol de otoño
            respiremos las ganas
            de vivir enloqueciendo” (Pacto)