lunes, 30 de mayo de 2016

Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos




Si uno viviera en el mundo que describen los periódicos, ciertamente que tendría que adaptarse a un entorno casi psicodélico. Ya sabemos que las geografías no son fijas y que las fronteras de los países son elásticas, que los partidos hacen campaña allende los mares y que los focos de interés en nuestra aldea global pueden estar tanto en NYC como en una carrera de quesos en Cooper's Hill. Hay zonas de terra incognita tan grandes como un continente y puede que estén en el barrio de al lado.
Otro foco de perplejidad lo encuentro en el vocabulario, yo no sé qué es un fofisano, o implementar, o si sor-passo pertenece a las carmelitas descalzas o calzadas. Supongo que es un juego de mesa que tienen los redactores, como el scrabble, y cuando les sobran letras, inventan vocablos. Los peores, los de las páginas de negocios y economía.
El caso es que parece el mundo de Tim Burton a través del espejo. De repente surgen problemas de los que nunca he oído hablar y personajes completamente desconocidos que todos, absolutamente todos, dicen conocer mejor que nadie, incluso que los susodichos. Saben de sus pasados, de sus pasiones y gustos, de sus oscuras intenciones. Y acabamos viviendo en un escenario de vidas probables que me descoloca tanto como cuando jugaba al ajedrez y se suponía que debía controlar dos o tres jugadas más allá del momento de mover un peón o adelantar un alfil.
Y los términos que creía conocer, resulta que no son así. Yo pensaba que la energía nuclear, por ejemplo, era muy nociva para el medio ambiente y los accidentes de Chernobil o Fukusima me lo corroboraban. Pues resulta que no, que es una energía limpia. Que no influye en el efecto invernadero. Que viene a ser, creo yo, como si para quitarte un padrastro te cortas la mano. También creía que la democracia era el poder del pueblo, y me entero que no, que eso es populismo.
Tenía yo entendido que hacer lo que los votantes demandan era un ejemplo de democracia, pero estaba equivocado. Por lo visto es una dejación de responsabilidades de los dirigentes de los partidos, que no se quieren mojar y que pasan la pelota a los simpatizantes. ¡Qué equivocado puede estar uno! Tampoco tengo claro la noción de dictadura ni de libertad de prensa y opinión. Menos mal que los telediarios te lo dejan muy clarito: Venezuela, Cuba, dictaduras. Arabia Saudí, no.
Ahora he entendido que un partido que se llame neonazi, que utilice sus símbolos y haga apología de sus ideas no es nazi. Nazi es un partido que dice en contra de las oligarquías y nunca ha usado la violencia. Libertad de opinión es acusar a ese partido de control ideológico y no permitirle expresar sus ideas, ningunearlo en los medios y hacer una campaña de desprestigio que los tribunales desechan una y otra vez.
Estaba yo errado cuando analizaba los movimientos de los partidos después de las últimas elecciones. Yo supuse que si Rajoy quería ser investido, aceptaría del rey ser candidato y luego negociaría o una gran coalición o lo que fuera. Pues no, resulta que para ser aceptado como presidente, tiene que ser Pedro Sánchez el que le ofrezca a Rajoy la cábala aritmética para que las Cortes lo voten. Igualmente había supuesto que si no quería el susodicho Pedro Sánchez el gobierno de la derecha, no pactaría con Ciudadanos, o preferiría, como había escuchado en alguna tertulia post-electoral, los votos de Podemos, IU y otros grupos. Tampoco me entra en la cabeza que tender la mano se haga insultando al futuro compadre. Al final debo confesar que me han dejado muy confuso. Menos mal que la prensa me consuela y me explica lo que haga falta.
Lo que más me tiene conmocionado es lo referente a la crisis. Ahí sí que no me entero de nada. Yo pensaba que había sido un colapso global, que afectaba a todos los países por eso de los flujos de capitales del sistema de mercados y que lo había iniciado la caída de Lehman Brothers y la cuestión de las hipotecas-basura. Y no, error grave. Es culpa de las políticas de Zapatero y la burbuja inmobiliaria española.
Ignorante de mí, pensaba que los números siempre significaban lo mismo y si la deuda pública es mayor ahora que hace cuatro años es que se haya fallado en el objetivo de reducirla. Pero al contrario, el gobierno ha conseguido reducir la deuda, aunque el número sea mayor. El recuento de parados ha aumentado, pero el Partido Popular ha bajado el desempleo. La hucha de las pensiones se está quedando en nada, pero el sistema está ahora más asegurado que antes. Y no es que lo digan los de gobierno, que a fin de cuentas, tienen que creerlo como cuando los padres hablamos de los Reyes Magos. Toda la prensa, especialmente los analistas económicos están de acuerdo. Hemos salido de la crisis.
Crisis, ¿qué crisis?, me pregunto como Supertramp (grupo al que sigo odiando desde la adolescencia). Por lo visto ya hemos salido. No lo hemos notado los hogares, pero es oficial. Por eso me ha entrado la duda existencial. ¿Qué tiene que ir bien para que podamos decir que hemos salido de una crisis? ¿Cuántos parados tienen que encontrar un trabajo que les permita vivir para que podamos decir que se ha reducido el paro? ¿Cuáles son los indicadores económicos oficiales para concluir una crisis? Si fuera una enfermedad, bueno, está la fiebre y los recuentos de glóbulos blancos. Pero no tenemos ni inflación ni actividad económica no sé qué pensar.
Yo no lo entiendo, de verdad. Y mira que me gustaría saber que es cierto, que hemos salido y lo que yo veo alrededor es una manía mía, una especie de astigmatismo raro, una debilidad del espíritu. Quizás sea todo falta de comprensión lectora, que puede ser. Que la vejez es muy mala.
También puede ser que los periódicos mientan, que estén manejados por los intereses de los que salen beneficiados por la crisis, que también controlan las políticas de los partidos. Lo mismo va a ser eso….
No, imposible. Es problema mío. Me ha pasado como a Alberti, yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos

miércoles, 25 de mayo de 2016

Reseña de Manuel González: Cicatrices en los tobillos. Amargord. 2015


Como señala sagazmente Itziar Mínguez en el prólogo, Manuel González es un poeta guerrero. Esa es la principal novedad de esta entrega generosa de poemas. Es su cuarto poemario y en él se define un cambio de rumbo, un golpe de timón en la escritura de Manuel González. Después del tono mayormente intimista de Diario de una tristeza y de Interiores, el poeta toma la voz de su generación y alterna con equilibrio una poesía centrada en la pareja con una de denuncia, de clamor contra la injusticia.
Aunque en esta ocasión, como decimos, no sólo son poemas de interior, Manuel González sigue siendo un poeta de lo cotidiano, el día a día sigue siendo fuente de su poesía:

“No te engañes amigo
la felicidad reside en lo cotidiano,
justo antes de esos momentos
cuando se estiran luces y desengaños” (No te engañes)

Quizás en este nuevo volumen la sombra de Karmelo Iribarren esté más definida, aunque no es su única influencia. Conecta con la poesía de Antonio Orihuela y está cerca de Ismael Cabezas y su Pisadas en la nieve sucia. Las coincidencias con Itziar Mínguez, que inicia el prólogo del volumen, son evidentes en Miedo y en Cuando, en especial por el uso del símbolo del paraguas.
No puede faltar una declaración de principios como “No salir vivo de este poema” (Creo). La poesía sigue siendo la seña de identidad personal de Manuel González. No obstante, en Cicatrices en los tobillos, no sólo la poesía salva la vida, aparece más claramente el amor. El amor es la gran baza para la vida. La necesidad del amor para salvarnos: “Buscando tus faldas / para salvarme del mundo” (Regreso).
La experiencia de la vida conectará las dos esferas, la íntima y la social: “Tu nombre es una trinchera donde se celebra la vida” (Tu nombre). La vida, indudablemente, tiene sus contradicciones: “El azar es peligroso. La rutina mata” (Día de servicio) a las que Manuel González mira con la sabiduría de la madurez. Porque ya no somos jóvenes (Encuentro), entramos en una edad y adquirimos una perspectiva que mira a la vida en su ecuador, cuando todavía escuecen las cicatrices de los partidos de la niñez (“Así, sencillo. / Contigo no quiero ser adulto”, IV), pero está por venir todavía media vida (Promesa): “Llegar puntual al futuro. Hacerlo lo menos dañado posible” (VII).
La odisea del amor, sus ciclos, la búsqueda del amor, la pareja, la intimidad que se hace y la sorpresa de la vida, los recuerdos de amores fugaces, la perspectiva de una vida en común, la ilusión del cuerpo bajo las sábanas… El coqueteo de Recuerdo, la sensualidad en la pareja estable (A veces):

“A veces me sorprendes callado,
ausente en mi mundo
- el mismo que no se sostiene sin ti-.
Me ofreces un reino por mis pensamientos.
Pienso en la república de tu desnudo recién estrenado” (A veces)

El compromiso social queda patente en poemas como Ciudad Juárez, Titulares del día, Así es, Así nos va y muchos otros. El problema de la (in)justicia en Cuatro por cuatro, la reivindicación en Necesitamos, Yaiza o No olvides, Fiesta privada… Supera con creces Manuel González la tentación del panfleto, logrando una altura lírica compatible con la denuncia. En otras ocasiones toma la voz generacional, un yo que se convierte en un nosotros: “Somos una generación suspendida en la historia” (Así es). Generación, Pero no sólo a mi, Demasiado tarde, Sin memoria (“A la ciudad de mi infancia / le hace falta un lavado de cara)… Pero no sólo la denuncia de la actualidad, también con respecto al pasado (Viuda). La experiencia vital del poeta sitúa su generación frente a la memoria de la transición, y sus emblemas, como el homenaje a Enrique Urquijo (Secretos).

“Cuando olvidemos nuestras canciones
bailaremos a su compás” (Cuando)

Sin embargo, no podemos decir que Manuel González esté cerca de los postulados estéticos de la llamada poesía de la experiencia. Su manera de componer el poema es mucho más escueta, con un tono de conversación, superando la sombra de Gil de Biedma. Es la poesía que nace de la conversación en un bar, con los amigos, con la pareja.
Alterna el autor nuevas técnicas como el collage de Titulares del día, ejemplo casi de poema encontrado, y la utilización de la prosa en varios poemas (VI, Definición de invierno, Piedra…). Esta propuesta un tanto posmoderna y vanguardista que utiliza puntualmente (como el caligrama de su anterior libro, Interiores) contrasta con el aliento clásico de poemas como Egipto. También recurre al estilo del aforismo: “Tus despedidas son entregas sin cuartel / con jornadas de puertas abiertas” (IX), o “Me gustas por encima / y debajo de todas las cosas” (X).
Una intensa colección de poemas que miran alrededor de este mundo que vivimos desde un yo poético que se cuestiona y que toma el camino del combate, ya sea en la intimidad, ya sea hacia afuera.

lunes, 23 de mayo de 2016

Que viene el lobo




Una clara sensación de déjà vu me ronda la cabeza. Esta vez no se trata de la monotonía de los días que se repiten casi iguales unos a otros. Ni es la primavera que anuncia el estío un año más. Tampoco son celebraciones, que esta vez me he librado de esas fiestas tradicionales que amenazan a las familias cuando llega el mes de mayo. Ni siquiera es la celebración de unas nuevas elecciones y la pesadez de una campaña ya sabida. No es, pero sí que tiene que ver.
Los contendientes están tomando posiciones de cara a la confrontación electoral. Están valorando si merece la pena despellejar a las formaciones con las que se tendrá quizás que pactar un posible gobierno de coalición. Precisamente son los posibles aliados, por otra parte, los mayores rivales. Son casi como nosotros, por eso tenemos que diferenciarnos de ellos.
Los líderes están ahora también entretenidos en formar listas, colocar allegados, fijar coaliciones, fundar partidos. En la estrategia ocupa un lugar predominante, incluso más que las ideas propias, la descalificación de las ajenas. Cansinas monsergas atacando con los argumentos de siempre, y si no funcionan, siempre queda el “pos tú más” o el “anda que tú”.
Las simplificaciones están llegando a un punto que rozan, no la falta de ingenio, sino la falta de inteligencia. En este mundo de apariencias los eslóganes tienen que simples y contundentes y, si ya los tienes hechos, pues utilízalos. Nos hemos llevado cuarenta años avisando del peligro, vamos a aprovechar ese imaginario colectivo antiguo para revisitarlo y tener un argumento que no necesitamos razonar.
Volvemos a la doctrina Truman, llega el peligro comunista. Esta ideología se ha metamorfoseado en un monolito en el que cabe todo en el mismo saco, desde las críticas de Marx y Engels, el Leninismo, Stalin, Mao y Pol Pot. Todos son enemigos de la libertad, unos dictadores represores. Y efectivamente, los crímenes de la Unión Soviética, la República Popular China o Vietnam están entre los más graves de la historia de la humanidad. Su crueldad y sadismo están al mismo nivel que la solución final de Hitler.
En los años 70 se hablaba de un desequilibrio moral, como si las víctimas del totalitarismo de derechas estuvieran más condenadas que las de las dictaduras socialistas. Una parte de la izquierda, como Sartre, quería estar ciega ante las atrocidades de la Unión Soviética. Ahora se han cambiado las tornas.
Me toca enseñar los conflictos del mundo actual a los alumnos de secundaria. Ni rastro de las barbaridades de las dictaduras sudamericanas, ni los desaparecidos argentinos, ni de la caravana de la muerte, ni de la contra… Parece como si, de repente, todos los crímenes del mundo estuvieran en el otro plato de la balanza.
El comunismo es un conjunto de ideas muy diferentes, pueden tener una base común. Son tan responsables de crímenes contra la humanidad como el capitalismo liberal, tanto como las atrocidades de la Inquisición o las Cruzadas son resultado del cristianismo, o los atentados con el dios misericordioso del Corán. Muchas excusas se han puesto para desarrollar políticas de estado brutales. Las intervenciones eugenésicas de Suecia contra los lapones, de Estados Unidos contra los negros o débiles mentales pueden ser calificadas de genocidio. El mismo nacionalismo puede ser la ideología de la liberación colonial como la ideología tras crímenes como el terrorismo de bandas o del Estado.
Evidentemente no todas las ideologías tienen el mismo nivel de maldad. Algunas no hay que malinterpretarlas, ya son excluyentes y poseen en sí mismas un potencial violento. El racismo, el nazismo o el fascismo son, por definición, execrables. Otras tienen un lado oscuro muy peligroso, y por eso nos decantamos por ser socialdemócratas, por ser conservadores, liberales, ecologistas o comunistas.
Gracias al movimiento obrero de raíces marxistas o anarquistas tenemos vacaciones pagadas, un sueldo que pudo ser justo, un bienestar que las autoridades públicas tenían en su agenda. Muchos pensarán que el precio fue muy grande o que son fruto de la expansión económica capitalista o de la casualidad. Cada cual es muy libre de pensar por su cuenta, pero hay que tener un poco de sensatez a la hora de estar alerta hacia las campañas mediáticas.
La acusación de comunismo apela a la irracionalidad del recuerdo del franquismo, por eso duele más. El PCE capitalizó la oposición al dictador, quizás fruto de un bucle: si Franco decía que los que se oponían a él eran comunistas, terminaron siendo comunistas todos los que se le enfrentaron. Luego llegó la transición y el papel de Santiago Carillo pareció despejar el miedo al rojo que durante cuarenta años sirvió de contención.
Eran otros tiempos, ahora, además, después de la caída del Muro de Berlín y el colapso de los países satélites y de la URSS misma, parece como si todo comunista hubiera sido cómplice, como Carrillo con Ceausescu. Sea o no la ideología que comparto, creo que recurrir a antiguos miedos revisitados es una mala copia de los estadounidenses y una mala señal para la democracia. De todas formas, el PSOE siempre amenazó con que llegaran los comunistas: en campaña parecía como si se prohibiera utilizar el término Izquierda Unida.
Defendamos el poder del pueblo para decidir en conciencia, sin miedos, sin amenazas, sin dictadores del signo que sean. Menos mal que nos queda el Centinela de Occidente, Francisco Franco, que, por cierto, según estos defensores de la libertad que votan al Partido Popular, no fue un dictador cuyo régimen haya que rechazar.
Esperemos que los comunistas españoles no cometan el error de salir corriendo a desmentir que son comunistas. Si uno lo es, que lo defienda orgulloso, como cualquier partido. De todas formas, a los que le asusta el comunismo lo terminan de ver en todas partes, incluso en la constitución española cuando defiende que los intereses particulares deben estar subordinados al interés general.

domingo, 15 de mayo de 2016

Una lectura de Impedir que el mundo se deshaga, de Alicia García Ruiz. Libros La Catarata, 2016.




Casi como cualquier actividad humana, la movilización política puede basarse en dos tipos de motivaciones. Por un lado está la reacción, como los famosos motines del Antiguo Régimen, o el representado de manera canónica por Eisenstein en El acorazado Potenkim o en la revuelta de los esclavos de Espartaco de Kubrick. Es el grito, muchas veces incontrolado y sin objetivo claro, de los que están oprimidos. La otra motivación es la de las aspiraciones, los valores y objetivos, la utopía.
Precisamente hoy celebramos el aniversario del movimiento 15M. Las asambleas coincidieron con la aparición del famoso manifiesto ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel. La indignación fue tomada como revulsivo, como motivación principal para la acción política. El sentimiento de indignación también era importante como sentimiento moral para Adam Smith, permitía la identificación con la víctima y era un control para la acumulación desaforada de riquezas
En el volumen de García Ruiz, la motivación política no aparece como respuesta a una injusticia, sino como una serie de valores a los que aspirar. Su propuesta consiste, según el subtítulo, de proponer una “emancipación ilustrada”, y parte, por supuesto, del famoso opúsculo de Kant, ¿Qué es la Ilustración? La liberación del hombre de su culpable incapacidad para servirse de su inteligencia sin la guía de otro. El gran acierto de Alicia García Ruiz es superar una cuestionable visión que entiende la Ilustración como el despotismo de la Razón.
La famosa crisis de los valores está, evidentemente, desenfocada. Quizás no haya existido un periodo de tiempo en el que los valores políticos estuvieran tan claros como después de la Revolución Francesa. La libertad, la igualdad y la fraternidad. La historia de las ideas políticas tras estas revoluciones liberales es, en cierta forma, la historia de las redefiniciones sucesivas de estos tres conceptos.
La libertad es analizada a través de las aportaciones de Hannah Arendt. La intención primigenia de los revolucionarios americanos consistía en la posibilidad de que cada hombre pudiera actuar sin los impedimentos y las constricciones del poder. Es la llamada libertad negativa, que la define como un espacio de acción fuera del control del Estado. García Ruiz intenta aprovechar la aportación teórica de Gramci y Lefort para desarrollar el pensamiento de Arendt. Lo realmente movilizador es la ilusión por lo nuevo, la denominada “ideología revolucionarista” que concebía la libertad como una conquista colectiva, no una liberación individual respecto a las opresivas formas políticas del Antiguo Régimen. Se trataba de fundar un sistema político a partir de la voluntad colectiva, una libertad en común. El problema es que no se han articulado espacios comunes y se ha recluido al individuo en la esfera privada. Es decir, se considera a las personas como propiedades. El aspecto de lo común es fundamental, “no es lo mismo amar la libertad que odiar al amo”, decía lúcidamente Arendt. Como hemos sostenido alguna vez, necesitamos a los demás para poder-hacer: los demás pueden ser los enemigos de nuestra libertad y, a la vez, los instrumentos para lograrla.
Foucault dio buena cuenta del poder creador y no meramente represor del Estado. Sus enseñanzas han sido bien aprovechadas en el plano microsocial, pero también son aplicables a escala macro. No sólo se trata de estabilizar la libertad conquistada, no es sólo la liberación respecto del poder opresivo, se trata de instituir nuevos poderes del pueblo, crear más poder. La Constitución no debe tener el sentido negativo, sino ser la fundación y distribución del poder, como decía Jefferson, poder controla a poder. La experiencia comunitaria tiene, o debería preservar, el derecho de interpelación de la comunidad hacia las instituciones, las demandas dirigidas a los delegados en las asambleas legislativas. Sin embargo, la consolidación de las estructuras de poder lleva a la propia y mera conservación de las mismas que se consigue gracias a la gran mentira política, la también llamada falsa conciencia o autoengaño
La disidencia de las minorías se convierte, entonces, en uno de las piezas claves para la salud del sistema por cuanto escapa a esa gran mentira global. El problema consiguiente es organizar y legitimar la desobediencia civil como acto supremo de libertad y soberanía individual. Es muy difícil encajar en las leyes la desobediencia civil y la objeción de conciencia, puesto que se supone que la propia ley se basa en la aspiración común de los ciudadanos pero es necesario el disentimiento. Como decía el gran Juan de Mairena, el diablo no tiene razón, pero tiene razones, y hay que escucharlas todas en una república democrática.
El segundo valor clave es la igualdad, bastión esencial de la llamada izquierda política. Pero, como decía Lenin, ¿para qué queremos libertad si antes no nos hemos asegurado la igualdad de los ciudadanos? Ambos conceptos, realmente están tan ligados que Balibar prefiere el término egaliberté. En el origen de las revoluciones burguesas estaba la propiedad, no sólo como derecho inalienable, sino también como justificación, como condición básica, para la participación política. La expresión común “hablar con propiedad” tendría ahora otro sentido, porque el que no tiene propiedades no puede hablar, sólo puede interpelar el propietario, el que ya tiene el poder. Las prácticas de igualdad se basan en la visibilización de casos concretos de desigualdades para, precisamente, acabar con ellas. Es la visión “en positivo” que Rancière aplica a la igualdad: No es que queramos ser iguales, sino “somos iguales y vamos a actualizar este enunciado”.
Sin embargo, Balibar sostiene que en la Declaración del hombre y del ciudadano, ambos términos son considerados equiparables. Intenta demostrar que precisamente la separación de ambos, hombre y ciudadano, es lo que acarreó efectos de dominación, precisamente lo que ha sucedido tras la Revolución Francesa. Hay que plantear, a partir de la Declaración, la politización de la libertad e igualdad, los marcos de una reivindicación constante de derechos, por muy frágil que sea el sistema.
El término fraternidad, por último, es el menos reivindicado por los partidos políticos. Es más, su ámbito ha sido sustituido por la solidaridad. Sin embargo, en esencia son distintos enfoques. La solidaridad consiste en crear un vínculo duradero, in solidum, mientras que la fraternidad parte de la consideración de que todos compartimos el afecto por ser hermanos. Rawls también concede a la fraternidad una concepción política,más allá de su dimensión emotiva. Este concepto entronca con las llamadas éticas del cuidado, una especie de corrección del azar que coloca a unos y a otros en desventaja natural. A pesar de las teorías pretendidamente bio-psico-evolucionistas de Steven Pinker, el ser corregible no es un defecto, sino una virtud, en principio porque todos somos vulnerables, como individuos y como grupo, que es a lo que se refiere el término sostenibilidad. La etimología del individuo absoluto en el sentido de “carente de relación” es una construcción social sobre la que gira nuestra civilización. Hay que proponer otro imaginario, mucho más basado en la realidad de interrelación comunal. Como podría decir Sloterdijk en un sentido algo distinto, nunca somos uno, somos varios, incluyendo cada daimon que está a nuestro alrededor.
Mirando la sociedad casi desde el margen, el pensamiento feminista ha logrado detectar las exclusiones en nuestra tradición intelectual. Así se amplían el continente de derechos, incluyendo mujeres, pobres, marginados, enfermos, incluso aquellos que carecen de racionalidad, dotándoles de una dignidad. Como dice Brugère, “hacer recíproco un mundo asimétrico”, no sólo desde el voluntarismo de la caridad individual, también implicando políticas públicas. El capitalismo está expropiando, dice García Ruiz, esa riqueza colectiva por sustituir las políticas del bienestar social con el voluntariado.
Lo que sí debe quedar claro es que los tres conceptos, libertad, igualdad y fraternidad no son principios abstractos, sino que, se deben entender como prácticas. No se reclama la libertad, se actúa libremente, como el movimiento, que se demuestra andando. Un volumen este que aboga por una emancipación en la que el “pueblo” concepto constantemente reinterpretado, sea capaz de tomar la iniciativa en un debate político nunca totalmente clausurado.