domingo, 14 de diciembre de 2014

Llamar a las cosas por su nombre



Estoy cada vez más convencido de que 1984 de George Orwell es un a obra fundamental para comprender el mundo que vivimos y debería ser el libro de cabecera para los escolares a partir de cierta edad. El panorama descrito en esta distopía es desolador. Un Gran Hermano que controla todo lo que hacemos o vemos. Lo único que habría que añadir es que no se ha necesitado una enorme pantalla para vigilar, más pequeños plasmas, de cuatro pulgadas o menos son suficientes. A través de las redes sociales ofrecemos gratuitamente, como yo ahora mismo estoy ofreciendo, mis gustos, mis pensamientos, mis conocidos, quedando al descubierto mis más íntimas aspiraciones.
La parte que siempre me ha resultado más interesante es la referida a la Neolengua (Newspeak) y el Doblepensar (Doublethink). La neolengua es una derivación simplista, que pretende reducir el pensamiento a través de la reducción del lenguaje. Es un poco la hipótesis Sapir-Wolf, aquello de que los límites de mi pensamiento son los límites de mi mundo de Wittgenstein. En la Neolengua las palabras acaban significando lo contrario de lo que significan. El Ministerio del Amor (Minimor) se ocupa de las torturas, el Ministerio de la Verdad, es el encargado de la Propaganda; el de la Paz, es el que hace la guerra; y el ministerio de la Abundancia es el encargado de racionar los recursos.
Es demasiado fácil ver las correlaciones. Nuestro ministerio de Defensa es el que invade países, el de Cultura se encarga de encarecerla, el de Sanidad, en una broma macabra estaba dirigido por alguien apellidado Mato. La broma continúa con un ministro Catalá que hace frente al independentismo de Cataluña. Los parados siguen yendo religiosamente a las oficinas de Empleo y los enfermos a los Centros de Salud.
El empleo del doblepensar por parte del gobierno es de una desfachatez demasiado grande. Hemos tenido que asistir esta semana a declaraciones de Rajoy anunciando que la crisis es cosa del pasado, o que la Ley de Seguridad Ciudadana es para defender a los ciudadanos. ¿Realmente creen lo que dicen? Imagino que para la realidad de los ministros la crisis nunca ha llegado o lo que los amenaza no son los desahucios, sino los escraches.
En general el vocabulario que usamos denota mucho más de lo que parece. No deja de ser curioso que se presentara batalla contra el ébola y que la crisis fuera tratada como una enfermedad. Que los bancos sufrieran estrés es ya sorprendente, pero no se les manda hacer ejercicio, tomarse unas vacaciones o una pastillita contra la tensión, se les inyecta dinero público. La enfermedad es tratada como una guerra, a la que no importa dedicar todo el dinero disponible, pero parece que el paro no lo es. De todas formas no importa, ya ha pasado la crisis.
El término populista es pura ironía. ¿Cómo se puede acusar de populista llamándose Partido Popular? Tronchante si no fuera tan grave. En la reforma del código penal se está pensando en eliminar el término “imputado”, para que no sea tan infamante. Estamos tomando el pelo al personal.
El uso de términos como violencia doméstica es preocupante. La violencia del hombre sobre la mujer (física, psicológica, dominación económica, sexual…) es violencia machista. Doméstico hace referencia al ámbito donde se realiza la agresión. No entraría el acoso machista en un centro educativo, no es violencia doméstica si hay un abuso en un puesto de trabajo, ni es una puñalada en plena calle. Además, así se pueden equiparar los pocos casos de violencia de mujeres sobre hombres. Todo es violencia doméstica. Pues no, es violencia machista la que hay que erradicar con especial dedicación, como la violencia sobre minorías por ejemplo. Aunque también haya que acabar con todo tipo de violencia.
Precisamente otra reducción de este lenguaje de los políticos hace referencia a la dicotomía “demócratas” vs. “violentos”. Los violentos son aquellos que amenazan la democracia, entendiendo democracia como sus puestos. Los que protestan en las calles, los que deciden hacer oír su voz con el grito porque no poseen medios de comunicación, ni periódicos ni cadenas de televisión. En el caso de una manifestación un miembro de las fuerzas del orden puede pedirte la documentación, negarse puede costar muy caro. Lo contrario es imposible. Grabar las brutalidades que algún policía pudiera realizar es una falta también grave, porque supuestamente atenta contra la seguridad del Estado. La palabra del policía tiene categoría de prueba, aunque de todas formas sería inútil la resistencia, la ley de tasas hace impensable una reclamación judicial. Los violentos son por definición los otros, y si un antidisturbios golpea con fuerza a un periodista, a un anciano, a un joven, a cualquiera que pase por allí, no es violento. Esto es orwelliano en toda regla.
Los que estudiamos política sabemos, demasiado bien sabemos, que la definición weberiana de Estado le atribuye el monopolio legítimo de la violencia. La clave está en que su violencia es legítima, pero tristemente, es violencia. Violencia física, estructural, de cualquier tipo. Por eso es fundamental reglamentarla.
Es curioso que los neo-liberales estén tan atentos a la injerencia del Estado en sus negocios y pasen al sector autoritario cuando se habla de la violencia. En eso los republicanos del Tea Party norteamericanos son, al menos, coherentes. Ellos empuñan su arma y no necesitan del Estado ni siquiera para defender sus propiedades. Aquí se quejan de que el Estado es demasiado controlador, que da demasiadas subvenciones a la cultura de los de la ceja, y permiten una barbaridad como la Ley Mordaza.
Los violentos es un término que nos sirve para englobar a los etarras, a los manifestantes antisistema y a los ultras del fútbol que golpean y asesinan. Todos ellos son los violentos de los que la policía nos defenderá. Curiosamente en vísperas de la aprobación de la ley mordaza se airean agresiones relacionadas con el fútbol, que casualmente viene a dar la razón a los postulados del gobierno. Pero ¿quién controla a los policías? Nadie, los demócratas consideramos que las fuerzas del orden son impecables. Y si alguien, no sé, un teniente decide sacar a la luz sus trapos sucios, se le mete en el calabozo todo el tiempo que sea necesario.
Con el doblepensar se alteran los recuerdos, se mitifican ciertos aspectos de un pasado que se reinventa continuamente a nuestro beneficio. La Transición es nuestro mito fundacional, contado y reinventado para satisfacer las necesidades de un gobierno falto de credibilidad y de legitimidad. Ellos argumentan que han sido votados por los españoles, concretamente algo más del 44%, mientras que Venezuela es una dictadura, aunque a su dirigente lo haya votado más del 50%. Está claro que los votos son garantía democrática si los sacan unos y no si los sacan otros.
La principal arma del poder es la sumisión de los dominados y atacan por todos los frentes, acallando las protestas, desfigurando el lenguaje, usando la Constitución como arma arrojadiza, denigrando a los que discrepan. El uso que el gobierno está haciendo del lenguaje es un ejemplo demasiado exacto del fascismo que Orwell denunciaba (que, por cierto, estaba asociado al estalinismo, mire usted qué cosas).

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