miércoles, 18 de abril de 2018

Reseña de Juan Peña, Destilaciones. Pre-Textos. 2016


Tras la más que pertinente antología La misma monotonía (La Isla de Siltolá, 2013), Juan Peña nos regala un magnífico volumen de versos. Tiene el poeta no sólo las cualidades necesarias para su oficio, también es oportuno a la hora de titular sus libros subrayando en pocas palabras la esencia de su poética. ¿Qué mejor expresión que la misma monotonía para una selección de textos que se recrean en ese sentimiento tan adictivo? En este caso, destilaciones, es una clarísima declaración de intenciones. Destilar en el sentido de depurar el poema y la vida, como una regla monástica, buscar su esencia: “Eres lo que destilas, lo que das” (Oud). Ambos mundos, la poesía y la vida no están tan lejanos en las aspiraciones del autor que aspira a: “… no ser el que escribe. Ser lo escrito” (Vida en el escenario).
Continúa el poeta de Paradas con su visión del mundo entre la melancolía (“Hay algo grato en estar triste”) y la ironía, (“Tan fácil es, y nada exige / sentirse desdichado”), aunque, con mayor madurez, aporte ahora un matiz importante: “ante la llamarada con la que arde la vida / qué poco es la tristeza” (Incendios). Insiste en la mala imagen de sí mismo, explorando la posibilidad de que de lo malo pueda salir lo bueno, lo más puro, el milagro: “Tanta miseria. / Pero quién negará / tanta belleza” (Decuria).
En este camino hacia la esencia, puede tomar senderos de mística como Francisco o Criatura o puede tomar el del sentido del humor, como el juego de Amor y geometría, o las travesuras entre campos semánticos (Jardines de puerta oscura). Y en esos senderos metafóricos se despliegan viajes reales, Lisboa, Roma, San Miguel de Lillo, la Sierra Blanca… o al pasado y la infancia (Ritos de paso, Foto en el corral, Niños, El tiempo, Visita al que tengo 10 años). Como en Dura seda (2011), el viaje, ya sea a una plaza cercana o a los más remotos paisajes, es una excusa para la reflexión poética (Mar). Juan Peña puede parecer un poeta bucólico en el sentido que puede serlo José Manuel Benítez Ariza, pero también transitan en su poesía la ciudad y la tecnología, ordenadores, redes y grandes metrópolis: Una piel y Cuerpos Celestes, por ejemplo.
Conviven en sus palabras ecos clásicos, como el estoicismo de Vida eterna, también ese particular tono épico de algunos poetas ingleses como Auden o Keats, que juegan con la herencia clásica y con la ironía (Nuevos tiempos para la épica). Participa también la mística algo zen que opone vida y la quietud de la piedra: “Dura / para siempre lo que muere” (Ad vitam ad mortem). “He subido esta noche a la azotea” (El tiempo) podría ser la versión materialista del aliento místico de San Juan de la Cruz.
La anécdota (Noche de diciembre) o los objetos (Al mirar una foto tras un viaje) ofrecen motivos también de meditación poética que alcanza niveles filosóficos del mismo modo que es filosofía Juan de Mairena o el cante jondo: “Y qué más da: / mi mentira es mejor / que tu verdad” (Decuria). Juan Peña nos ofrece un repertorio elegante de imágenes, dominio métrico en verso libre, blanco, estrófico, aliteraciones (“La nada alada”) y precisión de orfebre –escasísimos encabalgamientos, por ejemplo– en la terminología para hablarnos de la muerte y la vida, la vida de la muerte y la muerte en vida. Más allá de ser un tema o un punto de partida para la escritura, la enfermedad (Parálisis de Bell, Habitación 411 o Convalecencia) es, para este autor, la oportunidad para apreciar la vida:
“Bendita enfermedad
que no nos mata
que nos deja vivir desentendidos
de exigencias, de ansias,
lamiéndonos la herida
que nos abre los ojos
al asombro olvidado de estar vivos.” (Herida)
En estos poemas tiene cabida la familia (Siesta en los jardines del valle, Las tareas del campo, Nochebuena), la sensualidad (Beso, La raíz del mundo), el amor (Mundo, Wife and son) y, por encima de todo, con una visión muy nietzscheana, la belleza: “Una frágil belleza, imbatible / que vale todo y vale nada” (San Miguel de Lillo).
“Y eres puro y sucio.
Y el vaso florentino en el que caes
lo vuelves, cuando escribes, alambique
que destile de ti
lo mejor que no eres.” (Destilaciones)
Un soberbio libro de grandes poemas plenos de serenidad y sabiduría de alquimista, para saborear entre las sombras del día esperando la clara luz de sus palabras.

jueves, 12 de abril de 2018

Reseña de Alejandro Cabrera Coronas: “Los nuncavivos”. Ediciones Atlantis. 2017


Alejandro Cabrera es un autor granadino nacido en Melilla que ejerce de profesor de secundaria y por fin se ha lanzado al mundo editorial después de cuarenta años de creación literaria. Este proyecto quiere ser un homenaje a las novelas de terror mediante la creación de un personaje de ficción fuera de los habituales del género, los nuncavivos no son ni zombies, ni vampiros, ni rehechos de retazos de otros muertos… Alejandro Cabrera aporta a este mundo unos seres muy reales, aunque su corporeidad esté fuera de nuestra comprensión.
                Inquietante desde el mismo diseño de la portada (aportado por su hermano Álvaro) y escrita y reescrita varias veces, la novela utiliza diversas técnicas narrativas. La principal es la de la fragmentación. En un alarde preciosista digno de un relojero, los distintos personajes hablan desde diversas fuentes: extractos de narraciones, emails, verso, cartas, chats en internet… cada una de las cuales tiene, precisamente, una fuente tipográfica y disposición particular, que, además, nos sirve de guía para adentrarnos en este inquietante mundo. La fragmentación remite, por momentos, al inicio de La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, aunque éste en otro registro, o, más actuales, Alba Cromm, de Vicente Luis Mora (2010) y Videojugarse la vida (2014), de Daniel Cotta Lobato.
                Otra de las bazas de Alejandro Cabrera es el estilo, en el que abundan los homenajes implícitos. El género epistolar lo conecta con el Frankenstein de Mary Shelley y el Drácula de Bram Stoker dos ilustres precedentes. Otra sombra que planea sobre la narración es la de Edgar Allan Poe y, por supuesto, Howard Phillips Lovecraft, cuyas atmósferas enrarecidas se respiran claramente en Los nuncavivos, en especial en el relato, en forma de texto encontrado, que pretende dar explicación de los extraños fenómenos que jalonan la novela.
                Por supuesto, una buena novela de terror, como las de ciencia-ficción, tiene que tener otros ingredientes. Los personajes es otro puntal esencial. Esta es una narración en la que el escaso número de personajes conduce a una asfixiante relación entre ellos. Una exitosa editora al final de su carrera, un profesor y un amigo, lúcido –y pesimista, como todos los lúcidos–. El profesor se ha ofrecido a encauzar los arrebatos líricos de alguien que va a terminar por intoxicar las relaciones entre ellos más allá del mundo virtual en el que se desarrolla la novela.
                Precisamente la elección del ciberespacio es otra de las aportaciones al género y lo conecta con las novelas de Vicente L. Mora y Daniel Cotta. Sirva de reflexión la confusión entre la realidad y la virtualidad como el escenario donde se desarrollan las luchas internas de nuestras conciencias. Más allá de una tópica denuncia de la paradójica soledad en un mundo hiperconectado y de los peligros de la red, Alejandro Corona se marca un paisaje fantasmal fuera del universo adolescente del terror que triunfa en las salas de cine. Es otro tipo de cine quien da el tono. En la casa, película de 2012 dirigida por François Ozon nos ofrece otra de las claves para entender cómo se puede introducir un elemento tóxico en la burbuja que los personajes tenían creada para ellos.
                Aprovecha también el autor para hacer una exposición de una teoría lírica, de una concepción precisa de lo que debe ser la poesía, de su forma y de su función, de cómo encarar la escritura, de lo que sobra y lo que nunca debe faltar en ella.: “Unos cuantos poemas no fabrican un poeta, y eso lo sabes tú mejor que nadie”.
                Uno no puede evitar pensar en el mensaje que Alejandro Cabrera nos está intentando dejar a lo largo de las páginas, como los pequeños guijarros de Pulgarcito. Intuir hasta qué punto intenta reflejar una realidad que nos es conocida, a la que debemos mirar como se mira un espejo, encarando los propios fantasmas, los que viven y los que nunca lo han hecho y nos manejan como marionetas con las cuerdas rotas.


domingo, 8 de abril de 2018

Tomarse el humor en serio


Algo tendrá el agua, se suele decir, cuando la bendicen. Y algo tendrá el humor cuando lo prohíben los regímenes autoritarios. Se tiene por asentado el gran poder que puede llegar a mostrar el humor combativo, tanto cuando se dirige hacia las más altas esferas, como cuando apunta al escarnio de los más débiles o cuando blasfema sobre lo más santo. La sátira política puede llegar a ser un arma muy efectiva para enfrentarse a figuras que basan su poder en la creación y mantenimiento de un aura de majestad por encima de toda crítica. Esas figuras incorruptibles, pretendidamente perfectas y magníficas, siempre dotadas de pomposidad y boato, que parece que andan sin pisar el suelo, que ni siquiera desprenden olor, esas figuras son aquellas que caen estrepitosamente cuando el niño señala que el Emperador está desnudo.
                Es quizás por ello que tenemos santificada la función del humor como crítica social y política, más aún, por el beneplácito de Mijail Bajtin quien puso de relieve la función crítica del carnaval y la mordacidad mundana. De su análisis, sin embargo, también se extrae la paradójica conclusión de que esa descarga puntual de crítica feroz es también utilizada como válvula de escape y que, al final, las aguas vuelvan a su cauce. El poder permite al bufón para poder seguir siendo el poder. Permite que se suban a las barbas mientras le dejen tenerlas y recortar las de los demás.
                España tiene una espléndida tradición de humor político –gráfico principalmente–. Esta tradición, que comienza con revistas como La Flaca o El Loro, y se continúa –tímidadmente– con La Codorniz, el Jueves, el Papus, Mongolia… termina aterrizando en televisión. Quizás, en estos momentos, El Intermedio puede ser el ejemplo más representativo. El triunfo de las redes sociales ha permitido la irrupción del fenómeno de los memes y, en un nivel mayormente textual, los hilos de Twitter y los ya famosos zascas épicos. El humor corre de smartphone en smartphone, de tableta a pantalla y de pantalla a prensa convencional. Es verdaderamente digno de admiración la rapidez y el ingenio brillante que hacen gala los usuarios en tiempo récord tras una noticia. Cualquier acontecimiento termina teniendo su reflejo inmediato en un chascarrillo, en una imagen, un comentario, que, además de crítico, demuestra, en muchísimas ocasiones, un talento descomunal.
                Además de los usuarios anónimos tenemos verdaderos profesionales de los 140 caracteres (no les hace falta más), como Gerardo Tecé o, en un tono más de humor negro, Camilo de Ory, por citar sólo un par de celebrities del mundillo, cuyos desvaríos son compartidos por miles de seguidores.
                Es la democracia, pensamos. Es una manera de criticar y, de esta forma, socavar el poder de las instituciones. Memes contra el presidente de gobierno, contra la presidenta de la Junta, contra el independentismo o a favor de la estelada… Damos por sentado que, si Franco, que era un dictador, no permitía el humor contra su persona, es que el humor tiene acceso poderoso con intención de destruir mayorías absolutas, de volver a los votantes en contra, de acabar con la corrupción a golpe de chiste.
                Creo firmemente en la necesidad democrática del humor, de la imperiosa necesidad de cuidar la libertad de expresión, de la salud de la blasfemia, de la falta de respeto. No porque haya que ser políticamente incorrectos, al contrario, creo que la corrección política consiste en reírte de los que están sobre ti. Cuestión muy distinta es aprovechar tu situación de poder para reírte del que está en desventaja, de minorías marginadas, de quienes no se pueden defender. Esa crueldad gratuita contra quien no puede defenderse creo que está fuera de lugar, aunque dudaría mucho en prohibirla en general, habría que mirar caso por caso y con extrema cautela. Lo que sí me propondría sería criticarla como ciudadano: censurar en el sentido de mostrar mi desacuerdo, pero no en el sentido de llevarla a juicio salvo, como digo, casos concretos de injurias o peligro para quienes no se pueden defender. El Poder, en cambio, sí que tiene armas para defenderse, todos los Aparatos Represivos e Ideológicos los tiene a su disposición.
                Sin embargo, siempre hay un sin embargo, dudo muchísimo del poder efectivo del humor. Más bien creo que puede convertirse en un boomerang. ¿En cuántas ocasiones no se ha vuelto la broma contra quien la lanzaba? Sólo recordaré dos casos. La popularidad de Esperanza Aguirre tuvo uno de sus pilares en la crítica constante que se le hacía desde Caiga quien caiga, el programa de humor que lideraba hace más de 20 años, José María Monzón, alias Gran Wyoming. El otro ejemplo lo tenemos al otro lado del Atlántico. Cuanta más crítica y más humor se haga contra el presidente Donald Trump parece que consigue mayor popularidad. No solamente son inmunes a este tipo de críticas, parece que se alimentan de ellas.
                Decían los antiguos que las palabras no hieren. El humor tampoco. Y llevado al extremo irreflexivo, trivializa los asuntos. Es una cualidad que tiene el humor. Por eso en los momentos más tensos se recurre al chiste que aligera la tensión. Si la crítica sólo consiste en unas cuantas decenas de chascarrillos y unos pocos de memes distribuidos alegremente por las redes, los políticos corruptos no tienen nada que temer. Al contrario, puede pasar como los personajes de las comedias españolas, esos que son fieros machistas, xenófobos irredentos, casposos añoradores de la dictadura, bordes y desagradables que consiguen caer simpáticos a la audiencia que se encariña de ellos y los dota de unas cualidades humanas.
                Rebajando la tragedia, trivializando el tremendo caos político podemos reírnos un poco, sentirnos acompañados en nuestra indignación. Sin embargo, la indignación se queda ahí, en un megusta, en un compartir, en contarlo en la barra de la cafetería, en pasarlo por el guasap… El político de turno salpicado por el escándalo aguanta el chaparrón, asume su papel, le ríe las gracias al bufón… y continúa en su puesto. Menos memes y más demandas judiciales, menos ingenio y más celeridad en la justicia, menos talento y más cambio de voto. Quizás alguno piense que la crítica con humor entra, pero, como demuestran Cambridge Analytica, el mensaje tiene que estar bien dirigido. No vale la pena malgastarlo entre quienes ya están convencidos de antemano.
                Precisamente por las redes corren unas palabras atribuidas a René, Residente, de Calle 13: el pueblo hace memes de los políticos, pero son los políticos los que se siguen riendo del pueblo”.